... y aquí, un poco más lejos, en la línea de fuego, un hombre con la mirada perdida que no se decide a disparar. No es que tenga miedo, no que no esté seguro, pero sin duda piensa que el disparar, aunque sea con contra enemigos, sería como abdicar de una parte de su humanidad, y no se decide a odiar, no se decide a dar el paso que le colocaría entre las filas de los asesinos...

En ese momento recordaba quien era hace pocos días, hace tan solo semanas, cuando regentaba su pequeño negocio en una de las calles principales de Sarajevo. Es un padre de familia, y siempre se preocupó de demostrarle amor a su esposa y de educar a sus tres hijos, todos menores de edad, en los valores que siempre había predicado... respeto, tolerancia, solidaridad y no violencia...

Pero fue hace días que su casa sobrevivía a duras penas en mitad de un fuego cruzado por motivos incomprensibles. Su primer pecado, llevar sangre turca de generaciones atrás... y el segundo, vivir en el barrio equivocado...

Agazapado en su casa y protegiendo a su familia ve que el fuego enemigo le acecha, maldita guerra!, tiene clavados en él los ojos de sus hijos, mientras su esposa los cierra enérgicamente... saben que el enemigo se acerca y toma en sus manos la pistola que compró a hurtadillas previendo lo que se avecinaba...

Su cara estaba desencajada pero su pulso era firme, y tenía que proteger a su familia y a su vida, pero se resistía a disparar puesto que apretar ese gatillo le haría renunciar a sus prinicipios, su humanidad, su credibilidad y le haría ingresar en el encadenante mundo del odio, del que bien sabía que era casi imposible salir... y ahí seguía, en pie, con su arma en alto y escuchando al enemigo llegar...