Fue en aquel instante, cuando tus ojos se cruzaron con los suyos, cuando supiste que tu corazón tenía dueña... tu corazón... ese que diste por perdido, por herido y destrozado...

Pero la elegiste, y una vez más te entregaste de manera íntegra, dándote en extremo... una vez más, y quizá la definitiva... seguro, era la definitiva...

Ella ni siquiera te miró, su corazón roto sólo le permitía centrar su fuerza y su persona en salir adelante, en afrontar la vida sola... su herencia, maldita herencia...

Tu cuerpo, con huellas de tu entrega y dolor se contoneaba y se estremecía porque ya había una decisión tomada, y por ella tus lágrimas no dejaban de fluir...

Era bella, muy bella... y necesitaba de alguien que arriesgara por ella, no podía dejar de pensar en la muerte, una muerte que la mataba, o una muerte que le daba vida...

Conseguiste llamar su atención y te dedicaste a ella, lo dejaste todo por ella, por dejar te dejaste a ti... y ella no entendía pero llegó a necesitarte, aunque nunca se imaginó que te necesitaría tanto...

Una noche, quiso devolverte algo y una cosa llevó a la otra, hasta que en una cama y de manera desgarradora protagonizasteis un baile de cicatrices, una coreografía digna de las mentes más privilegiadas... el sudor, las lágrimas y las heridas se fundieron en una sola consigna que rezaba: "Muero por ti, muero sin ti".

Heridas de culpa, heridas de herencia, heridas de enmiendas, heridas de entrega extrema...  y es que las cosas más intensas y valiosas de la vida siempre dejan huella... Tu solidaridad llegó a tal extremo que a la gran herida de tu alma le sumaste cuantas cicatrices fueran necesarias para paliar tu dolor...

Tu vida de repente cobró sentido, pero más sentido cobró tu muerte...

Las lágrimas de ella se han vuelto dulces...